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La mar mediterránea
 
  Texto y fotos de Patricia Veltri para Página12

La gran laguna salada del norte cordobés se hizo conocida hace más de un siglo por sus baños curativos y evoca todavía historias misteriosas de hoteles de otros tiempos. Hoy es una gran reserva de avifauna, con tres kilómetros de costanera y playas, destinada a integrar el mayor parque nacional de la Argentina.

El atardecer en Miramar de Ansenuza es una secuencia en cámara lenta, como de cine. El sol, una perfecta esfera anaranjada, se apoya sobre la laguna Mar Chiquita, muy suave, se va sumergiendo en un efecto óptico hasta que las aguas calmas se devoran la última porción.

En esa localidad balnearia del nordeste de Córdoba, empezando por su nombre, todo remite al espejo de agua como un mar sin olas que se pierde en la línea del horizonte. Miramar de Ansenuza es ?desde tiempos remotos? conocida por su inmensa laguna salada que se ubica como la más grande de Sudamérica y quinta en el planeta. También por las propiedades curativas de su suelo fangoso.

Fue territorio habitado en sus orígenes por indígenas que atribuían la laguna y la presencia de flamencos a una leyenda amorosa. Los flamencos conforman una colonia enorme que tiñe de rosa el paisaje y es la imagen ícono del lugar.

A principios del 1900 un médico de apellido Cornejo, que había descubierto en el Mar Muerto terapias curativas en afecciones reumáticas y de la piel, recaló por esas latitudes cordobesas y encontró una similitud en las de Mar Chiquita. Implementó un tratamiento de 40 días seguidos que consistía en untarse con el barro de la laguna y luego tomar baños sumergidos en el agua, que por su cantidad de sal hace que los cuerpos floten. Los beneficios alcanzados, que se difundieron boca a boca, lograron que este lugar aún inhóspito se convirtiera en una especie de camping abierto de familias enteras que se establecían en carpas para hacerse los tratamientos.

Para 1910 estrenaba el hotel Mira-Mar, con tres cuartos, y diez años después ya tenía 60 habitaciones y una flota de 17 autos con chofer para ir a buscar a los huéspedes que llegaban en tren a la vecina estación Balnearia.

Sucesivas inundaciones; aumento y retracción de la superficie de la laguna transformaron su fisonomía, sepultaron para siempre construcciones enteras de varias manzanas costeras, aportaron relatos misteriosos y leyendas que se convirtieron en un atractivo para los turistas.
 
 
 
 
 
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